miércoles, 7 de enero de 2009

Ensayo

A mediados del siglo XX se creó una nueva máquina que vino a transformar radicalmente los modos de circulación de la información dentro del hogar y que, a su vez, pudo poner en crisis el monopolio de los adultos (que en la familia típica se asocia al poder monolítico del padre). Con la televisión, una lluvia de imágenes e información -que en otro momento eran filtradas por la autoridad parental- se instalan en el cortocircuito cotidiano [1]. Las cavilaciones y rechazos que este profundo cambio en el consumo massmediático provocó se pueden detectar en la famosa disyuntiva del papá de Mafalda a propósito de su relación complicada con el televisor que, por más que intente evitarlo, se le va de control.

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Se puede separar el mundo de los adultos del de los niños?

No siempre el mundo de los adultos estuvo separado del de los niños, así como tampoco la juventud ha tenido una fisonomía idéntica y homogénea a lo largo de la historia.

A partir del Renacimiento se inició un proceso que, de acuerdo con Julia Varela, se puede caracterizar como el de una pedagogización de los saberes (y que luego, hacia el siglo XVIII, se transformó, en palabras de Michel Foucault, ante el “discipinamiento interno de los saberes”): “en función de una nueva concepción de la infancia, -que entonces empezaba a ser aceptada especialmente por algunos grupos sociales ligados al mediano estado- se va a producir una separación cada vez más marcada entre el mundo de los adultos y el de los niños, y va a surgir la necesidad de diseñar, y de poner en marcha, nuevas formas específicas de educación. Fue en este marco donde tuvo lugar el surgimiento de nuevas instituciones educativas”.

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